«La foto es mala, pero la película es la mejor de la historia», repite el presidente Javier Milei ante cada tribuna que se le presenta. Sin embargo, la acumulación de datos oficiales de las últimas semanas desnudó un escenario de fuerte deterioro social y productivo que genera creciente inquietud en los pasillos del poder y reabre los cuestionamientos sobre el rumbo del modelo económico.
Los últimos informes del Indec y de la Secretaría de Trabajo confirmaron una parálisis profunda en los motores clave de la economía. En julio, el entramado industrial registró un desplome interanual del 4,9%, secundado por una contracción del 4,5% en la construcción. A la par del freno productivo, el mercado de trabajo privado acumula pérdidas continuas: solo en junio se destruyeron 15.000 puestos formales, alcanzando el nivel de asalariados privados más bajo de los últimos 50 meses. En Córdoba la sangría es insostenible: se perdieron 9.690 puestos en el último año y más de 18.000 desde el inicio de la gestión actual, mientras que a nivel nacional el cierre de firmas supera las 30.000 unidades productivas.
El impacto sobre los bolsillos resulta insoslayable. Con un haber medio que perdió 4,3 puntos de poder de compra frente a la inflación acumulada, el consumo masivo se desploma. A pesar de la desaceleración del índice general de precios al 1,7% en agosto, la Canasta Básica Alimentaria (CBA) registró un salto del 2,6% mensual y acumula un 39,6% interanual —casi seis puntos por encima del nivel general de inflación—. Este desfasaje impacta de lleno en los sectores de menores recursos, empujando la indigencia y la pobreza a niveles alarmantes de cara a los próximos reportes oficiales.
La falta de dinero en la calle genera tensión «sottovoce» en el ala política del gabinete, atenta al costo electoral que implica defender un ajuste sin alivio inmediato para las PYMES ni para la clase trabajadora. Mientras el Palacio de Hacienda apuesta a herramientas crediticias y esquemas de blanqueo para dinamizar la plaza monetaria, la economía real continúa mostrando una marcada desaceleración y expone el límite de los discursos triunfalistas frente a una crisis que golpea de lleno en la cotidianeidad de las familias.
